miércoles, 23 de febrero de 2011

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Sólo una cosa no me enseñaste.
(Domingo, 13 de febrero, 2011)

Fuiste tú el primero, fuiste tú el que me enseñó por primera vez, muy tarde en la madrugada, a disfrutar de mi intimidad compartiéndola contigo. Fuiste tú el que me enseñó el valor de un abrazo, el placer que da sentirte seguro y estable. Contigo experimente el amor, el más cercano al verdadero, contigo experimente lo cómodo del tacto de tu piel, lo alucinante del gusto a tu boca, de lo asombroso y revelador de una mirada y lo peor, de lo enganchador de un olor físico, alejado de lo químico, el puro y natural, suave, agridulce e inolvidable, tanto que a veces creo olerlo. Ese olor me mantiene atado, nadie lo tiene a parte de ti, es tu factor diferenciador de otros, es ése olor que me recuerda cada día que mi destino sigue a tu lado.

Me siento obligado a ponerme colonias, perfumes y todo tipo de aromas para no recordar que no quiero recordar cómo huele lo natural. Intento con esto alejarme lo más posible de la experiencia vivida contigo, intento no decir lo que decías ni hacer lo que hacías. Intento. No puedo, después de todo, te quiero… No…, te amo. 

Me enseñaste casi todo, algo importante se te olvidó, quizá no quisiste hacerlo, quizá no nos dio tiempo, para que tú me enseñaras y para que yo aprendiera, quizá no sabías cómo hacerlo pero… se te olvidó enseñarme a dejarte, a dejar de amarte y de querer estar en tus brazos. Y ahora, en mi habitación, con el ordenador en mi regazo, acabado de bañar, tan sólo vistiendo mi cuerpo mi propio olor corporal, recuerdo, tarde en la madrugada lo que no me enseñaste y ahora tanto quiero aprender. Tu ausencia, el que no estés conmigo, duele, duele mucho. Mi recuerdo no quiere dejarte ir, poco me queda si no estás tú, casi todo lo perdí; mi inocencia, mi pureza, mi razón, mi corazón…, a mí mismo me perdí.

No me enseñaste cómo estar sin ti, fue lo único que se te olvidó enseñarme.